La inteligencia natural
Pedro Aranda Astudillo
Fundador de la Corporación Gen
Debemos reconocer sin ambages que la centralidad humana hoy se encuentra hacia un desplazamiento de su valor esencial. Lo que hoy se llama “inteligencia artificial”, la robótica, la mecanización de la vida, un estilo de vida apremiante como polarizado, obliga a pensar que este “desarrollo” ya nos arrolla. Esta ola por tragarnos.
Ciertamente si los seres humanos vivimos “fuera de nosotros mismos”, carentes del sentido profundo de nuestra identidad vital, que vivimos desde y por las obligaciones acechantes, la ansiedad afiebrada por escalar y escalar, pasamos ser hojas al viento y más aún “los vientos huracanados”. De ser sujeto, a ser objeto de las circunstancias.
La palabra inteligencia ha sido manoseada, trivializada: otrora se decía “la pizarra inteligente”, “edificios inteligentes”, “armas inteligentes”. Las palabras en sus etimologías tienen raíces propias: La inteligencia significa leer por dentro, desnudar las apariencias, leer lo implícito de lo explícito. La inteligencia natural “respira”, admira los mensajes de la vida, intuye, siento que siento y luego existo como humano, reconoce el valor de las realidades, comprende la alegría, el dolor, el sufrir, descubre lo genuino, lo original donde se despliega el alma, el espíritu.
El Quijote intuyó la belleza de la libertad: “La libertad Sancho es una de los más preciosos dones que nos han dado los cielos, con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra, ni el mar encubre.... Venturoso aquel a quien el cielo dio un pedazo pan sin que quede con la obligación de agradecer a otro que al mismo cielo”
Nuestra paradoja existencial es “el miedo a la libertad” como titula su libro Erich Fromm. La peor cobardía no ser libre: reconocernos en nuestra intimidad, ver nuestros muros internos, nuestras propias heridas que inconscientemente nos atra-pan. Hacemos gala de nuestros logros, de nuestros poderes, viajamos por el mundo pero, viajar hacia dentro de nosotros, siendo gratis el pasaje “no gracias”. Mejor embriagarse con los sustitutos del bienestar que del bien ser.
Existen aprensiones mundiales de la invasión desregulada de la inteligencia artificial. Las Naciones Unidas, La UNESCO, El Papa León XIX en su Carta Encíclica “Magnífica Humanidad” desvela: “la base operativa de la IA es una adaptación estadística a partir de datos y sus retroalimentaciones podrán ser muy eficaces, pero no implica un crecimiento interior”. Esta precisión la consideramos medular: establece que toda la IA existe a partir de los datos que el ser humano le proporciona. Permítase un ejemplo doméstico que pudiera rayar en vulgaridad: una juguera recibe diversos trozos de frutas y de ella se obtiene un jugo exquisito. Cuando los datos, las informaciones nos sobrepasan la IA con sus algoritmos nos presentan los resultados que nos eran lejanos de obtener. Vale decir tanto la IA como toda tecnología es programada por el ser humano que a su vez la ha creado.
Nos preguntamos ¿cuál es el afán de fabricar robots que se asemejen al ser humano? ¿mostrarnos una “superioridad” sobre nosotros? Quedamos estupefactos de los poderes robóticos, sin embargo ningún ser humano se casaría con un robot. Decirlo ya nos parece ridículo. “¡He aquí la abismal diferencia!”
Si los seres humanos queremos custodiar, valorar nuestra dignidad frente a las espectacularidades tecnológicas debemos asumirnos a nosotros mismos, asumir nuestras limitaciones biológicas pero fundamentalmente asumir la libertad de conciencia que es fuente de inspiración, fuente de sinergias humanas. No es una exageración, un grito de porfía que nuestra Humanidad es MAGNÍFICA, que ¡eres magnífico! por ser hijo, hija de la tierra, de las estrellas, del amor divino.














